Apuntes del subsuelo
Artículos literarios y políticos de Antonio López del Moral, escritor y periodista
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Y quién no

Vila Selma dice en París No se Acaba Nunca que quería parecerse a Hemingway. ¿Y quién no? Bukowski quería parecerse a Hemingway, Pérez Reverte, que le criticó duramente en su centenario y le llamó Gran Cazador Blanco, quería en el fondo asemejarse a él, y a cualquier aspirante a escritor amante del viaje y la aventura le hubiera gustado llevar una vida como la del americano. A mí, que de lo americano me quedo con lo que está al sur del río grande, me gusta más Pablo Neruda, que llevó una vida igual de intensa pero más comprometida, más poética, porque la literatura del siglo XXI, como diría Ionesco, será comprometida o no será. Y de momento lleva camino de no ser.
Sin embargo, H, tenía algo de lo que carecen la mayoría de los intelectuales hoy, y es la calidad de hombre de acción. Atravesamos momentos de confusión, las ideologías se disuelven en sus propios jugos, y los escritores parece que tienen a gala la ausencia de compromiso y casi de principios, nadar y guardar la ropa, mantener frente a la realidad un elegante distanciamiento muy savoir faire, o muy Javier Marías, que viene a ser lo mismo. Se echa en falta la pasión, el grito, el orgasmo y el dolor, quizá porque la época que atravesamos adolece de todo eso. Nos han enseñado a anestesiar lo desagradable, nos han dicho que no es de buena educación exteriorizar las emociones, que eso es como de clase baja y popular, y en esta España post aznariana llena de nuevos ricos buscando su pigmalión, resulta que nos lo hemos creído. Europa se hunde, decía de Rus, España se anega, y en el hundimiento del Titanic, todo el mundo intenta agarrarse a la balsa salvavidas de la aristocracia de nuevo cuño, la reciente pequeñoburguesía, la flamante clase social de los propietarios de metros cuadrados de ladrillos en el aire e hipotecas en el horizonte cercano.
Falta el hombre, el hombre, el hombre salvaje, el Emilio rousseauniano, busco al hombre, o busco a Jacqs, que es una forma más publicitaria, más gilipollas, o sea, de decirlo. Nos falta el ser humano, y lo hemos reemplazado por esta cosa que se conoce a sí misma a través del extracto mensual de la visa. Las criadas nos cuidan a los hijos, los chóferes conducen nuestros coches, muchachitas sudamericanas de acentos dulces y miradas ardientes atienden a nuestros ancianos, que sueñan con los paraísos tropicales de sol y frutas, los árabes se ocupan de construir nuestras casas y, mientras tanto, vivimos el sueño de la disneylandia europea de nuevo cuño, que no está en París, está en todas partes. Vivimos la Europa del capital, la Europa que no debía ser, coño, la Europa equivocada.
En esta Europa del sur en la que vivo, llegamos a los ridículos extremos de lo que me contó el otro día una amiga que acaba de regresar de sus vacaciones en Cádiz. Había estado en uno de esos complejos residenciales de comodidad trasplantada, piscina, pádel, aparthoteles con criadas que los limpian y buffet en la planta baja, usted no haga nada que ya nos ocupamos nosotros. Mi amiga me lo contaba dejando ver que en el fondo todo aquello le gustaba, y yo mientras tanto pensaba en el enorme preservativo que se nos vende con cada producto que compramos. No compramos desodorantes, coches o paquetes vacacionales; compramos preservativos. Nos preservan de los pueblos y las playas populares, de los olores, de los transportes colectivos, de la realidad, del mundo de fuera, nos preservan y nos venden un producto acabado, pulido, deshuesado y limpio. La vida como producto, ya ves tú, nos venden lo que ya teníamos y todos tan contentos, porque nos entregan un vale de descuento para la próxima compra. La realidad de la Europa del capital se basa en eso: en apropiarse de algo que está al alcance de todos y vendértelo, después de pulirlo y despertar en ti ese oscuro objeto del deseo.

Mi amiga me contó que en aquel complejo sin complejos, como el capitalismo de nuevo cuño, los matrimonios bajaban a pasear su romance tardío por el jardín y la playa privada, mientras la peruana de turno lidiaba unos metros por detrás con los (mal) educadísimos niñatos. Me quedé bastante alucinado. Para eso hemos librado la batalla del progreso, para que las criadas del Tercer Mundo nos limpien la caca de los niños y los dejen presentables para las visitas. La Europa del capital, Europa absurda, economía de fin de milenio y preservativo ante la vida, el preservativo como impermeable de cuerpo entero, qué pena, Dios, las criadas como medida profiláctica para no rozarse con la realidad. ¿Dónde quedaron las criadas de las que hablaban Galdós y luego Cela, criaditas sicalípticas y voluptuosas, criadas que amamantaban mamotretos que, con el paso del tiempo se abrieron al sexo y a la vida de nuevo entre sus pechos? La criada era otra cosa, una figura literaria, un trágico ser de lejanías provincianas que llegaba a la ciudad con su maleta y su olor a pan de pueblo, una muchachita de Valladolid, una niña confundida que se dejaba deslumbrar por las luces de la ciudad. La criada, ese personaje de la literatura de posguerra, ya se había superado, ahora quien se lo podía permitir recurría a las empleadas de hogar, que vienen, hacen su labor y se marchan a sus casas, a vivir una vida propia al margen del trabajo. Pero joder, eso de llevarte a la criada de vacaciones para que te cuide el niño, te sirva la mesa, haga la colada y se vaya a comer a la cocina, me parece ya muy fuerte.

Seres humanos de segunda B, siempre ha habido clases, como decía mi madre, que contaba (contábamos) con criada interna, pero que comía con nosotros, pasaba las tardes jugando a las cartas con mi abuela y era, en el fondo, uno más de la familia, porque Genoveva no tenía familia. Compañías de alquiler, empleadas de hogar que prestan calor y conversación , voces sin voz que estallan en el silencio de los pisos interiores del centro de la ciudad, hija, por Dios, hoy, sin ayuda en casa, es que una familia no puede organizarse. Nos hemos convertido en una sociedad de inútiles con criada, familias con BMW y uniforme para la chacha (ahora las llaman la fili, dijo José Ángel Mañas) , que se queda con los críos y les da de comer. Somos humanidad vicaria, corazones que se alquilan por cuartitos, o ventrículos, o aurículas invadidas por los gusanos parásitos de la soledad y el egotismo, miradas de cariño con cronómetro, como en las consultas de los psicólogos, sólo que los psicólogos a veces se acuestan con el paciente y te dicen lo que tienes que hacer.
Cuando mi familia se arruinó, mi madre envió a Genoveva, la criada, a trabajar con una señora de Calatayud. Pese a la distancia, ella seguía yendo a visitarnos todos los jueves, venía por las tardes a las cuatro, arreglaba un poco la casa y se sentaba a jugar a las cartas con mi abuela, en la mesa camilla del cuarto de estar, y la seguía llamando “señora María”, aunque eso sólo era un formalismo, porque mi abuela no fue en el fondo, nunca, su señora, ni Genoveva nuestra criada, fue otra cosa. Luego se jubiló, se compró una casa en su pueblo y se fue allí a vivir, y yo, siempre que pasaba por delante (me cogía de paso hacia Santander, donde veraneo), me decía que tenía que parar para visitarla, que quería abrazarla, darle un beso. Hace cosa de un mes, propuse a mi madre una visita de fin de semana a ese pueblo. Mi madre se sorprendió.
- ¿Genoveva? Murió hace un año y medio. Creí que lo sabías.
Un año y medio de ausencia y muerte, dieciocho meses y me entero ahora, Genoveva, nunca fui a verte, porque, en el fondo, eras esa compañía vicaria que yo ahora critico tanto, Genoveva, gente que ocupa un lugar en el mundo y una aurícula en el corazón, gusano que nos invade y amamanta, Genoveva, jugabas a las cartas en el cuarto de estar con mi abuela, nunca vestiste el uniforme. Qué pena de vida y sociedad, pensé entonces, pienso ahora al ver a las familias con fili que las sigue a unos metros por detrás, con los críos. Algún día esas criadas morirán solas en los asilos, y unos niñatos maleducados ni siquiera recordarán sus nombres. Qué pena de sociedad, que viaja con la criada a cuestas, como una maleta grande que no cabe en el maletero, criaditas que algún día, como en las novelas de Cela, enséñame los pechitos, Aurorita, se dejarán tocar las tetas por los amos. Criadas y militares, y curas desde púlpitos ardientes oyendo, patria, tu aflicción, escuchando canciones tristes en las bahías del alba.
No han cambiado las cosas en absoluto, sólo que ahora, las criadas tienen acento sudamericano y los militares son morenos, pero los curas siguen dando hostias y engordando a base del vino de las misas negras, y los que pagan a los criados caminan aún con la cabeza bien alta, paseando amores crepusculares a la sombra de un BMW, mientras la criada, ah, la criada, se pelea con los niños para que se tomen el actimel. Genoveva, temprano madrugó la madrugada, no fui a verte y estás muerta, Genoveva, te tocaron vivir tiempos distintos, hoy no habría señoras de Calatayud ni mi abuela barajando una baraja, hoy seguirías a distancia al matrimonio, y pedirías permiso para hablar. Genoveva, acordándome de ti lloré, acordándome de ti pienso ahora que no quiero parecerme a Hemingway, que la literatura del siglo XXI tiene que ser comprometida, o no ser, y que en la Europa del Capital volverías a morir, abandonada como los muelles en el alba, o como las ideas de Neruda, que, sin embargo, pienso que están hoy más vigentes que nunca.
(¿Y dices Irene, amor, que ya no tienen sentido las revoluciones?

Antonio López del Moral Domínguez

01:00 | antonioldm | 1 Comentarios | #

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Comentarios

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De: antonio Fecha: 2006-08-03 07:47

me agrado tu articulo. pero que piensas en si de la literatura del siglo xxi, hacia donde se dirige?



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