Apuntes del subsuelo
Artículos literarios y políticos de Antonio López del Moral, escritor y periodista

Un domingo cualquiera

Algo huele a podrido en la cosa constitucional, algo huele a podrido, y yo no he sido, algo apesta, algo hiede, algo perturba la hilarante y gazmoña celebración, algo deja un poso de amargor y lejanía, de cansancio y cachondeo, de carcajada breve, o rota, o descompuesta. Se nos rompió el amor, de tanto usarlo, se nos quebraron las urnas de cristal, urnas que no guardan papel, sino cenizas, urnas vacías de sentido y lluvia. Nos quedamos en casa los hastiados, los descreídos, los lúcidos, los otros, salimos a pasear nuestro cansancio por las calles vacías de la historia, corrimos, amor, tan de la mano, a buscar patatas fritas y refrescos, mas los chinos, joder, siempre los chinos, nos cerraron las puertas de sus tiendas.

Madrid era una ciudad vacía, tan vacía que casi parecíamos estar en una final de fútbol, y no en una cosa pseudodemocrática, como esta. En Madrid soplaba el viento frío de febrero y lucía el sol helado de la ausencia. Un domingo cualquiera, una quietud, un día de fiesta sin festejos. No servían vermús en las terrazas, ni panchitos en los bares desolados, las televisiones ofrecieron su basura, la mierda que devoramos entre horas, el tiempo se nos fue escurriendo entre los dedos, y esa tarde, corazón, no hicimos sexo, no nos besamos por las sombras de la casa, no nos perseguimos desnudos por los parques, porque hacía tanto frío, coño, que cualquiera se despelotaba en Madrid.

El frío, el frío, esto es Europa. Ahora, mientras escribo, luce el sol y está nevando, y esa curiosa contradicción, esa bella tautología, me parece que simboliza bien el cadáver exquisito que se oculta en la trastienda de la cosa constitucional. Tenemos que sacar ese cadáver del armario, tirar de su mano podrida y pesarosa, la mano de un obispo que se deja besar, la mano regordeta del gerente que, mientras te despide, te la ofrece blandamente para que la estreches, porque tampoco es cuestión de perder las formas.

La mano que mece el producto, la mano negra que escribe, o que no escribe. Porque tampoco hay mucho que escribir, o sea. La constitución es una estafa, ya se ha dicho aquí, la constitución sólo es la consagración de la primavera, pero no la de Praga, sino la de Wall Street, o Londres, o París, o la Pasarela Cibeles, que viene a ser lo mismo. La constitución nos constituye no como ciudadanos, sino como mano de obra barata e intercambiable, la constitución se ilumina con la pira funeraria del sindicato, de la asociación, del trabajador, de la jornada de ocho horas, la constitución se escribe a medida del empresario, o sea, no le añada muchas normas, que como me las voy a terminar saltando todas, tampoco es plan de ponerle puertas al campo.

Así que todo el mundo contento con la farsa, nos cargamos los nacionalismos, tan del siglo XIX, nos merendamos las conquistas sociales, los avances, establecemos el macromercado globalizador y el que venga detrás que arree, cada perro que se lama su cipote, y marica el último. Es lo que tiene el capitalismo salvaje, cuentan los beneficios, los resultados, y todo lo demás sólo es adorno, la espuma de los días, el chocolate en casa Hansselman del que hablaba Roseta Loy, que situaba su historia en la Segunda Guerra Mundial, pero que tampoco tiene mucha importancia.

Prietas las filas, constituido un estado burocrático, con su constitución y todo, que refrende el status quo empresarial, lo próximo es la creación de un gran ejército que contribuya a defender las fronteras y ya puestos, a declarar un par de guerritas, que siempre hay países tercermundistas susceptibles de convertirse en amenazas para la paz mundial, usted sólo dígame de qué recursos naturales, petróleo, o cualquier otra cosa, dispone, que las balas y las bombas las pongo yo. El ejército, la policía, y ya estamos todos, y mucho ojo con desmadrarse, que ya me ocuparé después de que las fotos de la paliza no salgan en los periódicos. Porque esa es otra, la concentración de empresas también afecta a los medios de comunicación, así que para qué queremos más: constitución única, moneda única, estado único y pensamiento único. El estado uniformizador, oséase, qué guay.

Madrid estaba vacío, el sol y el soplo helado de febrero lo arrasaron todo, como un viento nuclear. Fuimos esta vez mayoría, amor, fuimos más los que no quisimos votar, los que nos negamos a participar en esta farsa, pero la sacaron adelante, con menos de un tercio de los votos. La refrendaron, la aceptaron, la pusieron cruda para cenar, en el telediario de las nueve, otra fiesta de la democracia. Una fiesta sin orgasmo, sin alcohol, sin alborozo, una movida triste de febrero, una tristeza post coital, un polvo seco, una sonrisa amarga, otra mentira. Se empeñan en que participemos, se obsesionan con que estemos felices, corazón, y que convirtamos en un día especial, con nuestra aceptación bovina, lo que sólo fue, a pesar de todo, un domingo cualquiera, pero volviendo a Hamlet, como decía al principio, algo huele a podrido en todo esto, y quizá la cuestión se reduzca a lo que decía aquel príncipe shakesperiano: ser, o no ser. Yo es que, francamente, no me veo.


Antonio López del Moral Domínguez


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Presentación de El Cuaderno de los Reflejos Rotos, de Antonio López del Moral

Querid@s tod@s: por fin llegó el momento que tanto esperábais, la ocasión irrepetible de asistir a la presentación de esa gran obra (mi novela), y de charlar directamente con el gran autor (o sea, yo). Tan magno acontecimiento llegará el día 12 del presente mes de Febrero, a las 19:00, y se celebrará en la Librería Muga, Avenida de Pablo Neruda, 89, frente a la Asamblea de Madrid que con femenina mano de hierro dirige nuestra nunca en justicia valorada Esperanza Aguirre, ya sabéis a quien me refiero, así que no me toquéis las palmas, que me conozco.

Os espero, pues, y traeros a vuestros amiguitos y amiguitas, y confío en que la lectura de esta obra que TODOS compraréis (bajo pena de setecientos latigazos, ablaciones clitoridianas o infamantes sesiones televisivas de Saber Vivir), os haga no sé si mejores personas, no sé si más inteligentes, o más felices, pero sí desde luego mejores amigos y eternos acreedores de este pequeño escritor que, gracias a vuestra generosidad, conseguirá financiarse sus múltiples adicciones.

PRESENTACIÓN DE "EL CUADERNO DE LOS REFLEJOS ROTOS"
de Antonio López del Moral Domínguez
2º Premio de Novela Ciudad de Móstoles.
Ediciones Irreverentes 2004

12 de Febrero a las 19:00
Librería Muga
Avenida de Pablo Neruda, 89 (frente a la Asamblea de Madrid)




01:00 | antonioldm | 5 Comentarios | #

La lógica del cash flow

Coincide la famosa campaña para promocionar el referéndum de la cosa europea con más curiosos asuntos, como el ya casi pasado de moda maremoto del Pacífico (es lo que tiene la globalización mediática: que todo lo frivoliza, e induce al olvido), y con ese otro maremoto político que ha causado casi los mismos muertos y que, sin embargo, no provoca ya tanto revuelo: el reconocimiento oficial del gobierno de Bush de que no había armas de destrucción masiva en Irak. Nos mintieron, amor, ya lo sabíamos, nos engañaron como a ovejas, nos arrastraron a una guerra en la que sólo ellos creían, y masacraron a los niños, y a las madres, y destruyeron las escuelas, y las calles, y anegaron la región en sangre y ruinas, y ahora se empeñan en meter a presión, con calzador y si hace falta a tiros, esa burla de las elecciones, o sea, escoja usted entre los candidatos que yo le diga, elija, elija, que no se diga que en Irak ahora no hay libertad, hombre, por Dios.

Creo que hace falta ser muy ingenuo, por decirlo de alguna manera, para tragarse esa bola de sangre y mentira, creo que sólo desde el desconocimiento, la ignorancia, la mala fe o el dejar pasar se pueden aceptar como válidos planteamientos semejantes. Resulta que a los poderosos, que siempre se habían opuesto a ella, ahora se les llena la boca hablando de democracia y elecciones, que participe el pueblo, que no se diga, que voten, que voten, poder popular, libertad sin ira, escoja usted su candidato, y luego compre un frasquito de colonia, porque yo lo valgo y porque usted patrocina estos comicios.


Pero volvamos a lo de Irak. ¿Con qué argumento justifican ahora el que Sadam esté en Guantánamo? Sadam es un hijo de puta, es el hijo de puta que gaseó a los kurdos, pero no nos engañemos, más cabrón es Pinochet, y ahí lo tienen, al pobrecito, que no lo quieren juzgar porque está muy mayor, el hombre, aunque luego se levante de la silla de ruedas, como Lázaro, que regresó de entre los muertos, o algo así. Pero los muertos de verdad no resucitan, ni al tercer día ni la noche del juicio final, los muertos de verdad, los olvidados, se pudren en fosas comunes de cal viva y sangre seca. De hijos de puta esta lleno el panorama mundial, y no se salva nadie que tenga poder, porque ya decía no sé quién que el poder corrompe. Si todos los hijos de puta tuvieran que estar en la cárcel, Aznar, Bush, Blair y Berlusconi irían los primeros, por asesinos, por mentirosos, por ladrones que declararon una guerra para robar petróleo. El problema es que mientras un hijo de puta persigue a otro, nos dejamos por el camino a cien mil muertos, y luego el hideputa defenestrado se sale por la tangente con un quítame allá esos juicios y amnistías.


Pero quizá para que olvidemos, nos salen ahora con la puñetera campaña, que si la Europa de la solidaridad, que si todos juntos, y aparecen Iñaki Gabilondo, y Loquillo, y otras personalidades y/o artistas más o menos comprometidos, y nos piden que votemos. Voten, voten lo que sea, pero voten, participen, que eso es la democracia.

Yo creo que estas elecciones sólo son otra farsa más. El estado europeo, si se termina por crear, prescindirá de los ciudadanos, como acaban por prescindir todos los estados. El estado moderno, el estado neoliberal, o sea, sigue las tendencias de la moda, y se apunta al rollito anoréxico. Quiero decir que pesa cada vez menos, y se limita no ya a ser un gendarme de la economía, como preconizaban Adam Smith y otros popes del liberalismo, sino a simplemente existir, cobrar impuestos, otorgar prebendas y concesiones a empresas afines, regalar los servicios públicos a esas empresas, venderlo todo, quitarse responsabilidades de encima y presentarlo después todo muy bien envuelto y acicalado.

El estado moderno es un producto más de márketing, igual que los partidos políticos, el estado moderno no tiene fuerza para parar los pies a las empresas, que le dicen cómo legislar (o si no vean el rapapolvo que le han echado los empresarios al de economía, ese –poco- solvente Solbes). El Estado moderno no construye carreteras, sino que subcontrata con algún amiguete, el Estado moderno no educa, no arregla los desconchones y las goteras de los colegios públicos (allí sólo van inmigrantes) sino que subvenciona los centros privados de sus sectas religiosas afines. Y cuando digo Estado no me refiero sólo al Estado central, que tiene cada vez menos peso, sino también a esos estados vicarios autonómicos, esas delegaciones regionales que crean la falsa sensación de independencia, oiga, que con las competencias transferidas, es que esto se parece cada vez más al federalismo.

Al Estado moderno, decía, todo eso le trae sin cuidado, porque en la onda neoliberal, los que mandan son los consejos de administración de las empresas. ¿o es que hay alguien que dude que en este país tiene más capacidad de decisión Emilio Botín (gran apellido para un banquero) que el presidente del gobierno?

Así que en este orden de cosas no deja de tener su lógica la cuestión de la guerra. Si de los servicios públicos se ocupan las empresas, si del bienestar del ciudadano se tiene que preocupar él mismo (cada perro que se lama su cipote, como decía Cela), ¿qué le queda al estado? La guerra. El estado necesita guerra, porque es una de sus razones de ser.

Me pareció muy significativa esa escena que recalca Michael Moore en su película Fahrenheit, en la que, cuando se produce el ataque contra las torres gemelas, Bush se reúne inmediatamente con su gobierno. Pero su gobierno... ¡son cuatro!: Condoleeza Rice, Colin Powell, Donald Rumsfeld y él mismo. El famoso estado de Estados Unidos, en pleno, el destino del mundo en manos de esos cuatro siniestros personajes, el acabóse.


Así que no me vengan hablando de democracia. Democracia no es votar para que las decisiones las tomen los cuatro fantásticos de turno. Democracia no es ir reduciéndolo todo y focalizándolo hacia una cosa central y lejana y difusa llamada estado. Democracia, si es que eso fuera posible, sería participar, protestar, implicarse, asociarse, pelear las cosas, derribar a los poderosos, porque el concepto de poderoso es opuesto al de democracia. Hay quien opina que esto no es posible, que no se puede estar todos los días a pie de calle, y que es mejor delegar y que sean otros los que tomen las decisiones. El problema es que al final las decisiones se diluyen, se terminan por asumir por intereses económicos, empresariales, privados o espúreos, y si el estado es muy fuerte, malo (no vamos a hablar aquí de las dictaduras), pero si son cuatro gatos, o ese simple gendarme de la teoría liberal, peor, porque entonces llegamos al todo vale, la ley del más fuerte, la dictadura del consejo de administración, y la lógica del cash flow.


Pensaba votar que NO a esa Europa del capital, pero creo que ni siquiera voy a participar en la farsa. Me niego a refrendar, siquiera con mi negación, el montaje de un macroestado tan alejado de la realidad, me niego a colaborar en la creación del gran parque temático de los bancos, las corporaciones financieras y las multinacionales, esta especie de costa polvoranca en la que en las enormes discotecas nos venderán el éxtasis adulterado del consumo, el escaparate y el “Europa va bien”, mientras a las puertas los desarrapados se ahogan sobre pateras de sangre y mentira.

Creo que la humanidad, a estas alturas de la película, debería ser capaz de articular una alternativa, una sociedad diferente, por supuesto sin clases, aunque no me voy a meter ahora en ese tema, que luego me dicen que doy la brasa con Bakunin. El estado moderno, inventado en la edad media por los reyes y sus cortes de palafreneros que freían a impuestos al pueblo y que te quemaban en una hoguera a la que te descuidabas, está ya superado por la historia y la realidad. El Estado moderno apesta, al Estado moderno le sobran las empresas y los bancos, pero también los votos y las elecciones, por irrelevantes, y le falta contacto con la calle. O sea, que a lo mejor lo que sobra es el Estado. En fin, creo que hay que buscar formas diferentes de organización, hay que pensar, hay que debatir, hay que participar y no quedarse fuera. Mientras tanto, que voten ellos y que les vote quien se trague el cuento.

Antonio López del Moral

01:00 | antonioldm | 7 Comentarios | #

Esperando un respiro

A estas alturas de la película no debería sorprender a nadie el patético espectáculo que están dando las señorías del PP. No debería sorprendernos, digo, porque la clase social a la que representan (digámoslo sin ambages: la clase adinerada, los del pisazo en Serrano y la casona en Santander para el veranito, los del confesionario y la faltriquera de 21 gramos, pero de oro, los de la oscuridad de semen retenido y sacristanes), esa clase social, sí, tiene a sus espaldas un amplio historial de comportamientos ejemplares en democracia. Desde el sutil episodio del Dragon Rapide de no hace tanto hasta el reciente affaire de la Comunidad de Madrid, la burguesía acomodada, los militares de las jerarquías y los altos cargos de la iglesia se han venido caracterizando por un rechazo visceral a todo lo que huela a popular.

Pero resulta que ahora se lleva ser demócrata, ya ves tú, y a estos señoritos se les llena la boca hablando de democracia en Cuba, en Venezuela, y en todos los lugares en los que su doctrina neoconservadora del capitalismo salvaje no ha terminado de cuajar. Ahora lo que se lleva es el voto, porque los tiempos han cambiado, hay que renovarse o morir, así que, por favor, no me hables más de mi pasado oscuro, no me recuerdes a Franco, a Mussolini, a Hitler o a Tejero, no me arrojes a la cara los viejos fantasmas, que para eso hemos pasado una transición ejemplar, y nuestro reyecito hace el esfuerzo de pasearse en yate y de veranear en palacios de invierno sólo por nuestro bien.

Ahora hay que ser demócrata, ahora hay que respetar, aunque por detrás de esos hermosos mascarones de proa del “moderado” Rajoy, y de los suyos, continúen aullando los dobermans de la discriminación y del agravio comparativo, porque siempre ha habido clases, por favor, sobre todo cuando se pertenece a una clase tan cool como la que juega al pádel en el Palestra de Pradillo, en Madrid. Ahora hay que votar, y rasgarse las vestiduras ante los comportamientos poco democráticos de quienes no entran en el juego, ahora hay que meterla en las urnas, la papeleta, quiero decir, y si los resultados no nos favorecen, siempre nos quedará el dinero, los 1500 millones por cabeza que pagaron a Sáez y Tamayo por ausentarse de la Asamblea de la Comunidad de Madrid en la sesión de investidura. La democracia es la clave, la palabra mágica, el alojomora de esta historia de Harry Potter en la Cámara Secreta, sólo que la Cámara Secreta es la del Congreso y el basilisco que aguarda dentro se ha dividido en un montón de diputados que arrojan fuego por los ojos y mierda por la boca.

El espectáculo está servido, la bronca se institucionaliza en el parlamento, y las razones, y las palabras, y los argumentos, se van sustituyendo de forma nada sutil por los gritos, las patadas, los insultos y los salivazos, pero luego, de cara al exterior, mantengamos las formas, que ya decía ese viejo refrán franquista (que igual hasta era del Opus Dei) lo de virtudes públicas y vicios privados. La corbata bien atada, el traje impecable, las uñas con manicura y los zapatos, ah, los zapatos, relucientes y embetunados, que no hay nada que te levante más la conciencia de clase superior que sentarte en uno de esos sillones carpetovetónicos que todavía hoy se mantienen en algunos hoteles, como el Palace, y permitir que un proletario domado te saque brillo al tafilete mientras lees las cotizaciones de bolsa en el Wall Street Journal. Hay que mantener la compostura, hay que tratar a los criados con educación, pero con firmeza y distancias, no dejemos que se quiten el uniforme y, por supuesto, que pidan permiso antes de dirigirse a nosotros, no vayan a pensar que somos iguales, siempre ha habido clases, por favor.

La bronca, la bronca del parlamento, los gritos y ladridos de los dobermans, las invectivas y los desplantes, ahora me cabreo y me marcho, y te dejo con la palabra en la boca, y no te ajunto, porque no piensas como yo, porque no acatas lo que digo, porque lo que estás planteando, aunque sea de una forma muy difusa, es cambiar el estado de cosas, y de eso nada, a ver si resulta que ahora me va a tocar a mí limpiarle los zapatos a un proleta. Así que de cambios nada, de leyes igualitarias nasti de plasti, las parejas homosexuales que se vayan a tomar por retambufa (como dice ese insigne “progresista” y por otra parte gran escritor, Jaime Campmany), las mujeres que se aguanten y no pidan más, que ya tienen bastante con que las dejemos salir de casa a currar por menos dinero, ¿y qué es eso de educación laica, condones, sexo seguro y parejas de hecho? Basta ya de tonterías, de talante y de diálogo, a partir de ahora establecemos la bronca, el hooliganismo parlamentario, los gritos, las patadas, los insultos, porque de lo único que se trata es de que el PSOE no termine la legislatura, lo único que queremos es echarles, al precio que sea.

La bronca, sí, la mierda vomitada, porque el PP insulta, cuestiona, se ríe del otro (como el tal Moragas, nuestro hombre en La Habana, que se reúne con conspiradores y luego se sorprende de que no le dejen entrar, pobrecillo), la estrategia del acoso y derribo, la ausencia de razones y la superabundancia de vituperios, el ataque permanente como mejor defensa, porque para que no me echen en cara mis miserias, nada mejor que poner sobre el tapete las de los demás. La estrategia de la cortina de humo, o la de la tierra quemada en tiempos de guerra, porque estos tipejos siempre están en guerra de uno u otro modo. Así que arremeten contra todo el mundo, acusan de terroristas a partidos elegidos democráticamente, tachan de asesinos a políticos, a periodistas, y a cualquiera que se atreva a discrepar de su doctrina oficial, de su pensamiento único, de esa Biblia que no es la del Opus, pero que también, coño, también. Y luego se echan las manos a la cabeza cuando les acusan a ellos de haber apoyado un golpe de Estado, tiene narices.



Por supuesto que Aznar apoyó el golpe contra Chávez, al igual que su antepasado y mentor espiritual, o sea, Franco, apoyó en su día el golpe de Chile y el asesinato de Allende, igual que el presidente de honor de su partido, un dinosaurio llamado Fraga, apoyó durante su reinado en el Jurásico superior de la España invertebrada las dictaduras de los sucesivos oligarcas sudamericanos, como Videla, como Batista. Otra cosa es que no sea políticamente correcto contarlo de sopetón en un programa de la tele, otra cosa es que no sea prudente que un ministro de Exteriores lo suelte, así, sin anestesia, otra cosa es que el momento no sea el adecuado. Pero teniendo en cuenta la que están organizando los peperos en todos los ámbitos de la vida política, considerando el grado no ya de crispación, sino de “tombolización”, que están propiciando en la sociedad española, creo que más que seguir hablando de “defectos de forma”, lo que conviene es pedirles que se tranquilicen, que se lo tomen con calma, que nos están estresaaando, hombre. Que se dediquen a sus cositas, al pádel, a las cacerías, a los yates, a los restaurantes caros y a los trajes a medida, y que dejen ya de una vez de gritar, que luego, cuando les gritan a ellos, cuando la gente se levanta, y se manifiesta frente a sus sedes, se ponen nerviosos, y dicen que hay una campaña orquestada, una conjura judeomasónica, o salen con lo de que estamos todos manipulados. Un poquito de por favor.

Antonio López del Moral

01:00 | antonioldm | 2 Comentarios | #

Chávez, un suponer

El principal (que no el único) problema de la derecha es su peligroso escoramiento hacia la sinrazón, un suponer. Imaginemos –un suponer, ya digo- que esa derecha detentase de facto el poder económico, o sea, que fuesen los dueños de los consejos de administración de las empresas, de las empresas propiamente dichas, de los bancos, y de las universidades privadas, y, ya puestos, de una buena parte de los medios de comunicación. Sigamos imaginando –suponiendo, supongo- que además tuviesen acceso directo a las conciencias de los ciudadanos a través no ya de los programas del prime time, que para eso está la telebasura, que también, sino de alguna organización de tipo filosófico, o religioso, una organización que todos los días crease opinión por medio de los púlpitos, y cuyos principales representantes apareciesen cada dos por tres en esos medios de comunicación afines para impartir doctrina (y no, por favor, no imaginemos que esa organización de tipo religioso o filosófico tuviese asimismo en sus manos una parte importante de la enseñanza privada y concertada, no, eso sería ya demasiado, ¿no les parece?).

Sigamos suponiendo, un suponer, que esa oligarquía tendente por naturaleza a acaparar, a incrementar su fortuna (o a “amasar”, como se decía antes), y a mantener a toda costa sus privilegios, se viese de pronto amenazada por algún partido político que, en su ideario, incluyese cosas tan “peligrosas” como el reparto equitativo, la laicidad del estado y su independencia frente a esas organizaciones religiosas o filosóficas, que paguen más los que más tienen, que se protegiesen de forma efectiva los derechos de los trabajadores, que se garantizase un sistema de educación, de seguridad social y de seguridad ciudadana financiada por todos, etcétera, etcétera. Imaginemos eso, y, entonces, pensemos que haría esa supuesta, imaginada, ficticia y poderosísima oligarquía ante la perspectiva de una clase social emergente, tradicionalmente humillada, que de pronto empieza a despertar y habla de cambiar la realidad, de tomar el poder, y por ahí. ¿Cómo reaccionaría entonces esa mafia del baile?

Podría elucubrar mucho sobre ello, escribir los augurios más tristes esta noche, amor, pero prefiero volver la vista atrás con ira y repasar un poquito de la historia. En España, en 1936, esa oligarquía (o derecha, por llamarla de otra manera. O Partido Popular. O Iglesia. O bancos), propició un golpe de Estado sangriento que desembocó en una de las guerras civiles más dolorosas del siglo XX, una contienda en la que murieron miles de personas y que culminó con cuarenta años de dictadura, cuatro décadas de soledad, un tunel negro de sotanas y pistolas en el que, para avanzar, había que ir siguiendo en el suelo el reguero de caspa. En ese pasillo oscuro y lleno de fotos de viejos con parche en el ojo, las oligarquías afianzaron su poder, tomaron por completo el cortijo y se repartieron los cargos de las empresas más grandes, hicieron la astilla del botín, y cimentaron las bases de la sociedad en torno a los tres pilares básicos de Dios, Patria y Justicia, que en realidad quería decir Dios, Pasta y Presbicia, o, por decirlo de otro modo, cortedad.



Después llegó la democracia, y aunque algunos se inquietaron, las viejas oligarquías de crucifijos, nobleza y empresas familiares comprendieron rápidamente que la “democracia” no era un peligro, siempre que se tratase de una democracia capitalista. Así que se apresuraron a apoyarla, eso sí, con la guinda de la coronita, había que mantener las formas, que las formas son importantes, ya se sabe, y además el reyecito tiene formación militar, que nunca viene mal. De modo que, vale, aceptamos democracia como animal de compañía, pero no me toques los márgenes de beneficio, que enseguida vamos a pasar a llamarlos “cash flows”, y ya verás qué guay, cómo cambiamos todos y qué modernos nos hacemos.



En esa supuesta democracia de esta supuesta, imaginada, ficticia y desdibujada historia, sin embargo, no se podían cuestionar ciertas cosas, porque entonces todo el mundo se te echaba encima, y te colocaba en el culo la marca de fuego, la flor de lis de eso que todos ellos, la Iglesia, los bancos, las oligarquías, siempre habían sido: antidemocráticos. Lo peor ahora es ser antidemocrático, porque, como todos entendieron rápidamente, la democracia capitalista es mejor negocio que las dictaduras fascistas, está mejor vista, así que ni la rocen, por favor, y extendámosla por el mundo, y que viva la buena nueva. No seamos antidemocráticos con esta supuesta democracia de banqueros y empresarios, no pongamos en tela de juicio esta farsa con corona, en la que los hijos, nietos, sobrinos y bastardos del dictador y de los aspirantes al trono se pasean por los programas de telebasura, escupiendo chorradas.

No cuestionemos, porque los que cuestionan desde propuestas alternativas, enseguida entran en el saco de los marginales, los terroristas, los extremistas, los iluminados, o, como decía Aznar, en tono apocalíptico y casi echando espumarajos por la boca, “los comunistas”. Así que sin cuestionar, prietas las filas, apoyemos y aplaudamos las “democracias” con denominación de origen, como la americana (en la que el olor a puchero ya revuelve muchos estómagos), la de ese curilla con nombre de botellón del parlamento europeo que se opone a los gays, a las mujeres, a las parejas de hecho, y a todo lo que no huela a iglesia. La democracia de Berlusconi, que propone bombardear las pateras, o la de Puttin, especialista en gasear teatros, o la de Ucrania, con más pucherazos, o las “democracias” grabadas a fuego en Irak, donde pretenden celebrar elecciones con los que sobrevivan a las bombas (ya se sabe que el capitalismo se basa en la ley del más fuerte), o las de Palestina, que, por no tener, no tiene ni territorio... En fin, podría seguir con las democracias más tristes esta noche, amor, pero resulta que de lo que habla la gente es de la antidemocracia: la de Fidel, que, joder, es que es un dictador, ¿no?, o la de Chavez, que es que quiere estatalizar el petróleo, y las empresas, qué personaje.

Se habla, sí, de antidemocracia, pero, ¿cuál? ¿La que se opone a la hegemonía de las empresas, a la globalización, a Microsoft y sus secuaces, a la Europa del capital y la América de las bombas, la que no se traga el cuento del pueblo elegido, la que entre morir de un navajazo en el metro de Nueva York o de hambre en las calles de La Habana, elige lanzar una piedra contra los cínicos y los escuálidos (con perdón)? Antidemocracia, sí, la que no quiere seguir negociando, porque en la negociación el débil siempre pierde, siempre es manipulado, siempre sufre amenazas, o sobornos, la que no quiere sentarse en una mesa con su opresor a negociar la longitud de la correa con que le atan, porque está acostumbrado al aroma del grisú, y no de la lavanda. La que no transige con sobornos, la que no acepta medias tintas, la que se rebela contra esta Matrix del siglo XXI en la que el agente Smith se pone las gafas oscuras, pero para que no se le note que está muerto de risa.

Si la democracia es participación, entonces participemos, contribuyamos a crear ese algo nuevo de lo que nadie se atreve a hablar, y que en el fondo todos imaginamos. La sociedad en la que vivimos no es ya que tenga contradicciones, es que basa su esplendor en el fuego en el que se queman los desarrapados de todo el mundo. Es indecente que mueran de hambre no me acuerdo cuántos niños diariamente, que la malaria u otras enfermedades hagan estragos, y que las multinacionales del medicamento continúen con sus políticas de patentes. Es repugnante que empresas de todos conocidas hagan campañas a favor de la solidaridad, mientras en sus delegaciones del Tercer Mundo chavales de menos de 12 años trabajan en jornadas sin jornal, jornadas a chorros. No hay derecho a que se vaya hablando de democracias capitalistas a países estrangulados por la deuda externa y sangrados por las multinacionales de la globalización, no tiene sentido continuar con el discurso de la optimización de la empresa, de la bondad de la hamburguesa y el saneamiento de la economía gracias al despido libre y la privatización de lo público. No podemos continuar haciéndonos fotos con asesinos de corbata y padrenuestro, con criminales de biblia, horca y crucifijo, con fascistas recauchutados y transformados por la magia del márketing en neo-cons, en liberales, o, simplemente, en apolíticos.



Y en medio de todo esto, se monta el pollo porque un tal Zapatero recibe a un tal Chávez, y se critica que se haya apartado del club de los poetas violentos, y que ahora se ponga del lado de marginales como Lula Da Silva y otras especies del Cono Sur. Se pone el grito en el cielo porque un tal Moratinos diga que un tal Aznar apoyó el golpe de estado contra ese tal Chávez, cuando resulta que en su partido aún hay muchos que se niegan a retirar símbolos que conmemoran el otro golpe del que hablaba al principio, el del 36, y que el gobierno de su socio de saloon, con sombrero, y botas, y todo, tiene un amplio historial de apoyo a cuartelazos (uno de ellos, por cierto, cayó también en 11S: fue el que acabó con Salvador Allende).

Se ataca al del PSOE por sus declaraciones, pero nadie arremete contra el patrimonio que la familia del dictador Franco aún posee, contra el nepotismo (poco) ilustrado de los descendientes de los del régimen, contra asuntos como el de que la presidenta de la Comunidad de Madrid ocupe ilegalmente un cargo, después de que empresarios afines a su partido sobornasen a dos diputados. Se critica que España mire hacia otro lado cuando le piden que traiga las bebidas, y que hable con Los Otros, y que en lugar de dar cabezazos y de inclinarse miserablemente ante los americanos, ahora se niegue a levantarse al paso de su bandera, pero nadie se acuerda de la sonrisa meliflua de Aznar, de su expresión de sinceridad absoluta cuando dijo, mirando a cámara, aquella otra patraña suya de las armas de destrucción masiva, de cómo regresó de Tejas hablando en guacamole mientras en Europa era patéticamente ninguneado.



Yo personalmente, prefiero no apoyar más a los fuertes, a los de la mirada torcida y la sonrisa afilada, a los de los bigotes y los trajes, a los que dejan que les limpien los zapatos mientras consultan la cotización de la bolsa en el PDA. Yo personalmente prefiero alinearme con los no alineados, con los que no tienen nada que perder, con los que mueren a hierro y lloran plomo, con los que han sujetado a su hijo muerto en brazos, con los que han visto a un bulldozer tragarse su casa, los que no tosen en presencia del amo para que no les despidan. Yo no creo que las cosas puedan continuar así, no puedo sencillamente mirar hacia otro lado, yo no estoy de acuerdo con que vivamos en el mejor de los sistemas, ni con que la política sea el arte de lo posible. ¿Qué hacer? Que les pregunten a los clásicos, que sobre esto ya se ha escrito mucho.



Antonio López del Moral

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¿Novelas? ¿Qué novelas?

Dicen que la novela ha muerto, lo cual es tanto como decir que ha muerto Copito de Nieve, esto es, ha muerto alguien que no existe, una entelequia, un zombi, una ficción, porque la novela no ha existido nunca y Copito de Nieve no es Copito de Nieve, sino un gorila con canas.

La existencia de la novela viene del afán taxonómico y clasificador de seres humanos que se empeñan en buscarle tres pies a un gato que tampoco existe, el gato invisible de Alicia en el País de las Maravillas, que tampoco es una novela, es el regalo de un padre a una hija.

En el principio no había novela, había poemas épicos que transcribían la tradición oral, pero que no se leían, sólo partituras que interpretaban con mayor o menor fortuna los trovadores. El mundo era perfecto en su cortedad imaginativa, hasta que llega la Celestina, y poco después el Lazarillo de Tormes, terremoto, todo al revés, y sobre la desnuda tierra, ¡por fin! literatura en estado puro, subversión brutal de lo que hasta entonces se entendía difusamente como un nuevo género, más allá de los poemas épicos de Homero y los cuentos de los trovadores.

Surge esa narración en primera persona, y el camino se parte, se bifurca, y de ese modo tenemos por un lado a los alegres juglares, empeñados en contar historias ejemplarizantes que rimasen, y al Lazarillo de Tormes, pura voz, puro lenguaje, literatura preciosa y pulida, como diría García Márquez, como huevos prehistóricos. Y la máquina se puso por fin en marcha, y los buenos discípulos crearon escuelas y aprendieron, hasta llegar a Quevedo, que fue la cima, el máximo exponente de la literatura, no de la novela, porque, ya digo, la novela no existe, es como Copito de Nieve, un falso gorila blanco que termina por morir de aburrimiento e inacción. Pero justo entonces, cuando parecía que estábamos en el buen camino, surge Cervantes y la inventa, y la novela nace pero muere también en el Quijote, para qué se iban a escribir después más novelas, si Cervantes ya las había hecho todas.

Y, a pesar de ello, los dos caminos continúan separándose cada vez más en la misma dirección, y si uno tuvo que pasar por Proust, Miller, Joyce y Dostoievski, el otro nos llevó a Flaubert, Dickens, Vargas Llosa y Chéjov, aunque lo discípulos de este último (como Carver) jugaban con dos barajas, y hacían bien.

Cuento todo esto no porque pretenda hacer una clase rápida de literatura, un curso CCC acelerado, sino porque quiero entender cómo se llega a lo que se escribe hoy, y por qué se ha abandonado actualmente la novela en su sentido clásico, y se habla de su muerte, y por ahí. Hoy estuve charlando con mis amigos Ángela y Paco sobre literatura. Son chicos de veintidós, veintitrés años, no leen, y su comportamiento está impregnado de ese nihilismo feble tan de moda hoy en día, cultura de botellón, lecturas fáciles, sexo light y cine no cuestionado, lugares comunes, como el de no votar porque ninguna oferta política les satisface. No quiero parecerme a Haro Teqclen hablando de la juventud, las críticas acaban volviéndose contra uno, como serpientes que uno creía bien domadas, la crítica envenena, intoxica, lacera, la crítica, en fin, es como la inteligencia, una especie de droga. La crítica es inútil, pero Paco y Ángela se referían el uno a Nietzsche (filósofo, no novelista), y la otra a Jean M. Auel (novelista, por llamarle de alguna manera, más bien autor de best-sellers), y cuando yo me empeñaba en centrar la conversación sobre escritores más vanguardistas, como W.G. Sebald o Bohumil Hraval, ponían cara de pez y desviaban la atención hacia otros temas.

La novela no ha muerto, o quizá si, o quizá nunca ha existido, hace mucho que no hay novelas, hoy, que se publican más libros que nunca en España, y las vacías ficciones suenan como sartenes huecas en una cacerolada de fantasmas. No sé quién dijo que una persona seria deja de leer novelas a partir de los 40, pero es que la novela en sí es un concepto demasiado serio como para no tomárselo a broma, y ahí está si no Bryce Echenique, genio de sí mismo, que sin querer hacer novela la hace, con esa seriedad irónica del género. Novela, armazón caduco, novela, estructura mantenida artificialmente de pie frente al gigante del cine, novela que aún lucha contra los molinos de viento de sus detractores, entre los que quizá yo mismo me cuento.

No hay novelas, hay historias, y no hay historias, porque todo es pensamiento y lenguaje, Steiner, la semiótica, el estructuralismo y las teorías deconstructivistas son las ciencias que han añadido aires nuevos al arte, a eso que seguiremos llamando novela aunque no lo sea, porque, como diría Cortázar, de alguna forma hay que llamarla. Quienes hacen hoy novelas alimentan un cadáver exquisito que cada vez apesta más, y las academias en las que se siguen organizando seminarios sobre ella son como casas ocupadas por murciélagos (Fontes), en las que Los Otros preparan sesiones de ouija para convocar a las almas de los habitantes de Comala, donde vivía un tal Pedro Páramo.

No es novela, pero de alguna forma tenemos que llamarla, y en esta era de las tecnologías el pensamiento cobra su verdadero valor, la imagen ya no vale más que mil palabras, porque las imágenes hoy nos saturan, y lo que vale más que un millón de palabras es la idea. La idea, el pensamiento, no cotiza a la alza, pero la novela (no es novela, pero de alguna forma tenemos que llamarla), se salvará cuando eclosione hacia la idea, cuando rompa todas las estructuras, las tramas y los armazones, cuando se libere y descarrile de los raíles en los que la colocaron Cervantes y sus secuaces. La novela es más novela cuanto menos novela es, y este ditirambo absurdo, este silogismo en bárbara, encierra la única verdad sobre este género, que, como dice Vargas Llosa, no es más que mentiras.

La estructura se ha carcomido, devorada por el óxido del cine y el periodismo, y cuando Tom Wolfe habló del Nuevo Periodismo y Capote de la Novela de No Ficción, no intentaban más que ceñir una estructura a algo que ya no la tiene, una tautología que ha terminado por fagocitar su propio esqueleto, porque alcanzó por fin la libertad de la madurez, el desarrollo sin tutor. Por eso la novela (no es novela, pero etcétera) al morir deja paso a algo mucho más libre y prometedor, la novela no muere sin descendencia, la novela deja paso a la escritura, al verbo, a lo que fue en el principio, esencia de la literatura, alma de la poesía, del teatro, de la narración y también de la novela, que no es novela, aunque a estas alturas eso ya no le importe a nadie.

Curiosamente hoy, cuando la novela que no es etcétera ya empieza a no hacerse, lo que se vende son las novelas en el sentido más tradicional de la palabra. Ya se sabe que el gentío siempre va por detrás, y así Michael Chrichton, Peter Berling, Pérez Reverte, triunfan, los best sellers abarrotan las librerías, y el mayor éxito editorial de los últimos años es Harry Potter, lo cual podría interpretarse como que el público es más infantil, más simple, menos exigente, y no quieren que le compliquen la vida (es la misma razón por la que, en política, triunfa la derecha: el deseo de no complicarse, de no embrollar el panorama con filosofías, con planteamientos, con programas, conduce irremediablemente al pragmatismo desideologizado del conservadurismo. Por eso a la derecha le interesa que se lea a Harry Potter, o a Pérez Reverte, o, qué diablos, directamente que no se lea). Novelas ligeras, historias suaves, personajes que no tengan caras ocultas ni cuartas dimensiones, es mejor comprender a la primera que perder el tiempo en intentar profundizar, sobre todo cuando no se posee la capacidad suficiente.

Hoy la inteligencia es un valor a la baja, y el interés inicial de un libro se mide, en primer lugar, por el atractivo de su portada, y en segundo, por la longitud de sus párrafos. Hace poco me escribió (es un decir) un individuo que me había leído por internet, y que en un mensaje muy gracioso y lleno de faltas de ortografía me aconsejaba “si kieres k t lean” (sic), que utilizase párrafos más cortos. El márketing llega no ya a las portadas y a los servicios de venta de la literatura, sino también a su estructura y organización. Terminaremos por incluir dentro de los valores de una obra, el que esté editada en letra Comic Sans Serif de 16, un tipo que a mí me gusta mucho, y que las frases “se ven muy bien”, y el papel tiene buen tacto. ¿Cómo no va a morir así la novela? Lo único bueno es que la vida irrumpe, la vida nos desborda, y todos esos tipejos incultos, ágrafos (de nuevo Umbral) y burdos, nos proporcionarán jugosos personajes para futuras cosas de esas que no son novelas, pero coño, de alguna forma tendremos que llamarlas.

Antonio López del Moral

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Muere Arafat

Muere Arafat, y Sharon brinda con champán en la Jerusalén ocupada, y planifica su siguiente paseo triunfal por la explanada de las Mezquitas. Muere el rais y se desvanecen también los extraños atardeceres de esperanza que su imagen proyectó sobre una buena parte de los palestinos. Siento una desazonadora congoja al pensar en la desaparición de Yaser Arafat. El hombre que pasó su vida esquivando los atentados criminales del Mossad, el hombre que sobrevivió a las invasiones, al encierro, al destierro y al ninguneo (Arafat es irrelevante, dijo no ha mucho Ariel Sharon), a las presiones internas de sus propios compañeros; el hombre que convirtió el pañuelo palestino en símbolo de rebeldía y cambio, el de la paloma y la bala, de la mirada cansada, y sabia, y tristemente esperanzada, el hombre que entró en Naciones Unidas con un kalashnikov en una mano y una rama de olivo en la otra.

Personaje símbolo como ningún otro, resto terminal de una época, cadáver arrojado a la orilla de una playa en la que no se permite entrar a los palestinos y en la que impúdicos ocupantes toman el sol entre sonrisas afiladas. Quizá el ahogado más hermoso del mundo que nos contó García Márquez, quizá sólo un muerto más, otra víctima sin nombre, sin país, sin derecho a una tumba bajo los árboles que abonó tanta sangre. Hombre estandarte o buque insignia, personaje trémulo y al tiempo lleno de energía, que trataba de apagar el fuego de la desesperación con el razonamiento tranquilo de su particular arte de lo posible.

Arafat era un póster de habitación de adolescente, Arafat era la adolescencia frente a la madurez obesa y con olor a pies de gente como Sharon, o Puttin, o Bush, o Aznar, o Berlusconi, tanto da. Arafat luchaba por algo sin construir, una quimera en estado de deconstrucción permanente, y quizá sea eso lo que le dota de más valor. Arafat pudo dedicarse a lo posible, a los hijos, a los libros, a los viajes, pero no fue capaz de dormir dos noches seguidas en el mismo lugar, y en su enorme caserón transparente poblado de fantasmas, tan reales, fantasmas que le seguían a distancia, que disparaban misiles y que accionaban bombas con teléfonos móviles cuando los teléfonos móviles eran mamotretos carísimos sólo al alcance de las élites, él concedía entrevistas en lugares secretos y continuaba hablando de asuntos incómodos, como si la propia filosofía de vivir a la contra le preservase de las balas y las conspiraciones del Mossad.

Arafat no era perfecto, ya lo sé, no fue un santo, ni un bendito, ni siquiera un héroe de leyenda, ni un revolucionario atroz, ni un estratega. No fue un César visionario, no fue un Lenin, no había en su personaje un aura excelsa, no consiguió aglutinar a todas las facciones de su pueblo, no contaba con todos los apoyos, pero había en su carácter de personaje – símbolo una fragilidad extremada, una trémula atemporalidad que le acercaba y le humanizaba, que condensaba en él todas las lágrimas y heridas.

Muere Arafat y se rompe, ay, un equilibrio que se ha mantenido durante años, y Estados Unidos ya planea un gobierno títere presidido por Mohamed Dahlan, al estilo de las repúblicas bananeras, otro Iraq, otro Afganistán, Oriente, Oriente, qué tristeza de leyenda, qué paisaje en negro sobre siluetas de pozos de petróleo. En los dólares aparece, sí, la pirámide truncada de los lobbys judíos, in God we trust, por supuesto, en ese Dios en cuyo nombre todos matan, ojo por ojo y fundamentalismo por fundamentalismo, y no se nos olvide que la ley del talión la inventaron los hebreos.

Oriente especiado y especial, qué incomprensible para el resto, qué terrible, en Palestina las organizaciones extremistas Hamás y Yihad islámica, que con Arafat nunca llegaron a entrar en el gobierno, afilan ya los cuchillos para repartirse el flamante pastel. En las calles se sigue hablando de Intifada, en los despachos, de transición pacífica, y en Estados Unidos, de elecciones, lo que no deja de ser un sarcasmo atroz.

Elecciones en una democracia superpuesta, elecciones como las de Florida, o las de Ohio, elecciones de urnas de cristales rotos, muros de metacrilato que, como diría Kiko Veneno, no nos dejan olernos, ni manosearnos. Elecciones en una tierra quemada, tierra de casas destruidas, baldíos y páramos ausentes en barbechos que nunca saldrán de ese estado, elecciones, qué ironía, qué moto nos venden, qué cachondeo. No les quedará más remedio que pactar, Abbas, Qurei, pactarán en otro arte de lo posible distinto al del rais, pactarán con quien les digan los americanos, por la cuenta que les trae. Y mientras tanto, otro niño de catorce años muerto por el ejército israelí, desangrado con un tiro en la cabeza delante de unos soldados que no permitieron pasar a la ambulancia que venía a socorrerle. Y la bestia de Sharon relamiéndose…

Antonio López del Moral Domínguez

Escritor y periodista

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Si muere Arafat

Si muere Arafat, Sharon brindará con champán en la Jerusalén ocupada, y es posible que hasta se de otro paseo triunfal por la explanada de las Mezquitas. Si muere el rais morirán también los extraños atardeceres de esperanza que su imagen proyectó sobre una buena parte de los palestinos. Siento una desazonadora congoja al pensar en la desaparición de Yaser Arafat. El hombre que pasó su vida esquivando los atentados criminales del Mossad, el hombre que sobrevivió a las invasiones, al encierro, al destierro y al ninguneo (Arafat es irrelevante, dijo no ha mucho Ariel Sharon), a las presiones internas de sus propios compañeros; el hombre que convirtió el pañuelo palestino en símbolo de rebeldía y cambio, el de la paloma y la bala, de la mirada cansada, y sabia, y tristemente esperanzada, el hombre que entró en Naciones Unidas con un kalashnikov en una mano y una rama de olivo en la otra.

Personaje símbolo como ningún otro, resto terminal de una época, cadáver arrojado a la orilla de una playa en la que no se permite entrar a los palestinos y en la que impúdicos ocupantes toman el sol entre sonrisas afiladas. Quizá el ahogado más hermoso del mundo que nos contó García Márquez, quizá sólo un muerto más, otra víctima sin nombre, sin país, sin derecho a una tumba bajo los árboles que abonó tanta sangre. Hombre estandarte o buque insignia, personaje trémulo y al tiempo lleno de energía, que trataba de apagar el fuego de la desesperación con el razonamiento tranquilo de su particular arte de lo posible.

Arafat es un póster de habitación de adolescente, Arafat es la adolescencia frente a la madurez obesa y con olor a pies de gente como Sharon, o Puttin, o Bush, o Aznar, o Berlusconi, tanto da. Arafat luchaba por algo sin construir, una quimera en estado de deconstrucción permanente, y quizá sea eso lo que le dota de más valor que los otros. Arafat pudo dedicarse a lo posible, a los hijos, a los libros, a los viajes, pero no fue capaz de dormir dos noches seguidas en el mismo lugar, y en su enorme caserón transparente poblado de fantasmas, tan reales, fantasmas que le seguían a distancia, que disparaban misiles y que accionaban bombas con teléfonos móviles cuando los teléfonos móviles eran mamotretos carísimos sólo al alcance de las élites, él concedía entrevistas en lugares secretos y continuaba hablando de asuntos incómodos, como si la propia filosofía de vivir a la contra le preservase de las balas y las conspiraciones del Mossad.

Arafat no es perfecto, ya lo sé, no es un santo, ni un bendito, ni siquiera es un héroe de leyenda, ni un revolucionario atroz, ni un estratega. No es un César visionario, no es un Lenin, no hay en su personaje un aura excelsa, no ha conseguido aglutinar a todas las facciones de su pueblo, no cuenta con todos los apoyos, pero hay en su carácter de personaje – símbolo una fragilidad extremada, una trémula atemporalidad que le acerca y le humaniza, que le hace condensar en sí todas las lágrimas y heridas.

Si muere Arafat, se rompe, ay, un equilibrio que se ha mantenido durante años, y Estados Unidos ya planea un gobierno títere presidido por Mohamed Dahlan, al estilo de las repúblicas bananeras, otro Iraq, otro Afganistán, Oriente, Oriente, qué tristeza de leyenda, qué paisaje en negro sobre siluetas de pozos de petróleo. En los dólares aparece, sí, la pirámide truncada de los lobbys judíos, in God we trust, por supuesto, en ese Dios en cuyo nombre todos matan, ojo por ojo y fundamentalismo por fundamentalismo, y no se nos olvide que la ley del talión la inventaron los hebreos.

Oriente especiado y especial, qué incomprensible para el resto, qué terrible, en Palestina las organizaciones extremistas Hamás y Yihad islámica, que con Arafat nunca llegaron a entrar en el gobierno, afilan ya los cuchillos para repartirse el flamante pastel. En las calles se sigue hablando de Intifada, en los despachos, de transición pacífica, y en Estados Unidos, de elecciones, lo que no deja de ser un sarcasmo atroz.

Elecciones en una democracia superpuesta, elecciones como las de Florida, o las de Ohio, elecciones de urnas de cristales rotos, muros de metacrilato que, como diría Kiko Veneno, no nos dejan olernos, ni manosearnos. Elecciones en una tierra quemada, tierra de casas destruidas, baldíos y páramos ausentes en barbechos que nunca saldrán de ese estado, elecciones, qué ironía, qué moto nos venden, qué cachondeo. No les quedará más remedio que pactar, Abbas, Qurei, pactarán en otro arte de lo posible distinto al del rais, pactarán con quien les digan los americanos, por la cuenta que les trae. Y mientras tanto, otro niño de catorce años muerto por el ejército israelí, desangrado con un tiro en la cabeza delante de unos soldados que no permitieron pasar a la ambulancia que venía a socorrerle. Y la bestia de Sharon relamiéndose…

Antonio López del Moral Domínguez

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Va a ser que no

Bush arrasa en Norteamérica, esa Norteamérica en la que decía nada menos que Bakunin que triunfaría la revolución (Mijail, Mijail), Bush arrasa y se regodea en la sangre derramada, en la pólvora y los huesos rotos, en la tierra arrebatada, Bush se cisca en Europa, con gran algarabía de sus comparsas del PP, que ahora nos amenazan con las consecuencias, ya veréis, ya veréis, y el untuoso Piqué, haciendo de la escoliosis virtud, se inclina un poquito más, sonriente y siniestro, como un jorobado de la Edad Media.

La América profunda vota, la del miedo, la de los pueblos tristes del desierto, la de las carreteras infinitas y las bolas de polvo y cardos secos, la América rural, la de la horca, la del rifle y las gasolineras asaltadas, la del paro. La de los tetra bricks llenos de humo, la América que no fuma, que no folla, la América que se saca la mierda del ombligo con el cañón cortito de la Smith & Wesson. América pacata y religiosa, dispuesta a lapidar, a ejecutar a un niño, a cortar a un homosexual las alas y a impedir el progreso de la ciencia en el nombre de no sé qué padres ni qué dioses. América de la franja de la Biblia, la Biblia de neón, que decía Kennedy Toole, pero ahora de neones apagados, la América que todavía hoy niega la teoría de la evolución, quizá porque ella no se ve a sí misma muy evolucionada, la América que cifra su orgullo nacional en una cisterna de water más holgada, en el derecho a disparar, a contaminar, a expoliar, en el derecho a ignorar al resto del mundo, a invadir, a matar, a asfixiar económicamente a los regímenes que no comparten sus ideas. América de Terminators que se han tragado el cuento de que vienen de un futuro lejano para salvarnos, y nos salvan a tiros y a patadas, y luego nos hacen una foto con un bote de coca cola en la mano, para que se vea lo contentos que nos dejan y la cara de gilipollas que se nos queda.

Ay, Mijail, de qué América hablabas en tus escritos políticos, ¿era acaso de este modelo en el que, como decías tú, el poder estatal está diluido, pero porque los que mandan realmente son Microsoft y las empresas del petróleo? Mijail, Mijail, nos faltan ideas y nos sobra América, territorio comanche de vaqueros en pelotas, país endogámico de cuatreros que follan con sus padres, como contaba Tom Spanbauer. El rancho del Ku Klux Klan, de la mafia y sus negocios estatales, de los treinta millones de homeless y otros tantos brainless sin clasificar, la América que se jacta de su ignorancia, la de los taxistas negros de culo gordo que te hablan del último partido de los Nets mientras delante de sus narices se hunden espectacularmente las Torres Gemelas.

Y esta es la democracia que quieren exportar, junto a las hamburguesas y los raps, junto a las coca colas y los jeans, junto a la idea de esa Libertad, la de la antorcha. Es la cultura de lo políticamente correcto, que encuentra francamente horrible decir tacos o fumar, o practicar el sexo oral, u opinar de forma heterodoxa, pero que en cambio ve perfectamente normal que los niños lleven armas al colegio, y que te pregunta, cuando rellenas el formulario para visitar el país, si has pertenecido alguna vez a algún partido comunista, y di que sí, dilo si te atreves, que verás cómo se le ilumina la cara a ese policía negro de doscientos kilos que te mira deseando meterte el dedo por el culo.

Mijail, Mijail, no sé a qué América te referías, supongo que aludías a la organización interna de sus estados, supongo también que en el imperio hay cosas salvables, están Paul Auster, John Updike y muchísimos otros escritores, está Woody Allen, el cine independiente, qué se yo, Michael Moore, el rock ‘n roll, los coches, las harleys, tantos y tantos genios del cine y de la literatura, las vanguardias del arte y de la sociología, el Nuevo Periodismo, en fin, podría seguir, a veinticinco céntimos la respuesta, aspectos positivos de la cultura yanqui, pero hoy no me apetece referirme a las obviedades de siempre, sobre todo porque hay ciertas personas a las que ni siquiera explicándoles lo evidente se consigue que lo vean. Como ese tipejo, Aznar, que nos viene ahora con amenazas, y nos avisa del error de habernos enemistado con los cuatreros, y la gente se lo cree, oiga, y ya hay quien sostiene que nos alejamos de la civilización, y el problema principal es que realmente, la civilización tal y como se entiende hoy está en manos de Bush y otros asesinos de su calaña, gente como Sharon, como Blair, como Puttin, gente que se cisca en los otros sólo porque son los otros, que no entiende de Babilonias ni de bibliotecas de Alejandría, que sólo sabe de Tierras Prometidas y de espadas salvadoras, y que en la fotografía de un padre llorando con su hija muerta en brazos sólo saben ver los pozos de petróleo que se adivinan en el fondo de la escena.

Norteamérica está en crisis como concepto, como idea, como filosofía de no-filosofía, Norteamérica comenzó a derrumbarse mucho antes de la caída de las Torres Gemelas, Norteamérica se ahoga en colesterol y en contradicciones, en balas perdidas y en rifles en oferta de grandes almacenes, en monóxido de carbono y en lágrimas negras de basura blanca. Norteamérica gana batallas, pero pierde la guerra de la cultura, del aprecio mundial, del respeto y la esperanza. Norteamérica es la causa, el disparo de salida, el cruel origen, y los cambios, si es que vienen, las nuevas revoluciones, llegarán como consecuencia de su imperio, vendrán como respuesta a sus ataques, llegarán, sí, porque la idea del mundo del Tío Sam ya sólo se la creen la mitad de los americanos. En el resto del planeta, hartos de hambre y llagas, sucios de petróleo y sangre seca, los desarrapados ni siquiera han prestado atención a la gran farsa electoral. Y en Europa estamos demasiado ocupados preparando la segunda entrega de El Imperio Contraataca. ¿Nos daremos cuenta a tiempo de que, como decía Kundera, la vida está en otra parte? Va a ser que no...

Antonio López del Moral Domínguez

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Europa se hundió


Oriente embravecido, occidente en pie de guerra, tiempos de violencia, días de ira y resquemor, arden los muros de la patria no se si mía o de quién, arde París, y sobre el fuego de las espaldas mojadas, se atrincheran los restos de una civilización empeñada en seguir existiendo. Tenemos pintores y escritores, cultura occidental a precio de saldo, tenemos filósofos, cineastas, sociólogos, economistas, tenemos periodistas de cañones recortados, como la Fallacci, que hablan de la rabia y el orgullo e incitan a la rebelión popular y fascista contra el inmigrante, como muecines a la oración, o a la guerra santa, que viene a ser lo mismo. Tenemos y no tenemos, cultura o esculturas sobre aire, huecograbados de civilización fosilizada, porque Occidente ya está superado por la historia, por las desigualdades sociales, por los grandes bancos, por la lucha de clases y sobre todo por Marx y Bakunin.
Occidente es en sí y a pesar suyo una momia y no precisamente como la de Lenin, un cadáver exquisito que, desde su rigor mortis, se ha empeñado en luchar tan denodadamente contra todas las alternativas que se le presentan que se ha quedado sin ninguna. Y suenan los viejos clarines llamando a la oración y al mar oscuro, y grita la Fallacci que nos invaden, nos invaden, y sale Berlusconi con que hay que bombardear las pateras, y digo yo que si tanto miedo suscita recoger a los náufragos de la historia es porque Europa se hunde, como decía Miguel Ángel de Rus.
Pero llegan, los que llegan, y no encuentran más que ruinas peladas, una idea de construcción en la que no aparece por ninguna parte la palabra solidaridad, y no hay trabajo más que en obras sin contrato y calles de prostitución y delincuencia, y aún así se quedan, porque el mar sólo se cruza en patera para ir a un sitio mejor, y no hay salvación, no hay esperanza, no hay nada más que decorados y cementerios, y esquinas para mendigar que ya han sido ocupadas por otros pobres más avispados, y en las puertas de las iglesias los curas hoy cobran impuesto espiritual, a talego la jaculatoria, o a seis euros, como se dice ahora.
Así que muchos, puestos a elegir entre la muerte del mar helado, la indigencia y el bote de pegamento en Europa, y la salvación eterna, las huríes y los jardines de leche y miel al otro lado del espejo, se decantan por esto último. ¿De qué nos extrañamos? Ante eso no hay laicismo que valga, ni separación de poderes, ni Rousseau, ni Montesquieu, ni siquiera Marx, que fue el único que ofreció esperanza más allá de los dioses. Ante eso, lo único que hay es el cinturón de explosivos.
Europa se hunde, de Rus, qué razón tenías, Europa no es nada más que el hermano pequeño del otro, el del sombrero y las botas, Europa, hamburguesa de imitación, sucursal de la gran franquicia, establecimiento autorizado Levi’s, Europa como ausencia, Europa, Europa, fuiste cuna de civilizaciones, fuiste universidad, biblioteca y faro, fuiste referente, y hoy, cuando empiezas a existir en la historia, sólo eres un débil mamporrero del capitalismo salvaje, una gran tienda en la que se vende de todo menos esperanza y salvación. Europa de los bancos y las empresas, Europa de Cartier y de Peugeot, y no de Sartre y Camus. Nos hemos olvidado de los pobres, los hemos arrojado fuera sin miramientos, pero luego no queremos verlos deambular como zombies por las rutilantes avenidas de nuestras capitales, por favor, límpieme usted la plaza que queda muy mal tanto harapo. Hemos arrasado la esperanza, la hemos convertido en concepto, en tema de películas, en cuento de niños, hemos dejado de creer porque nos hemos rendido a la reacción y tirado la toalla, y dado que en este escaparate ya no vendemos fe, los desarrapados se aferran al islam, que de fábulas anda sobrado.
Europa se hunde, sí, Occidente entero empieza a zozobrar, porque no se sostiene un sistema que se basa en la miseria del resto del mundo. Europa, Europa, se necesita un cambio, un trastoque, un giro de ciento ochenta grados en el mundo, pero si llega esa revolución, ese paso adelante, tiene que venir de ti, tiene que hacer borrón y cuenta nueva partiendo de la filosofía, el pensamiento, la libertad, la igualdad, la solidaridad y la justicia, el reparto y el desarrollo, porque de lo contrario será un paso atrás, y ese terremoto que ya hace temblar las paredes de la historia, será protagonizado y absorbido por los muecines medievales, por los que llaman a la oración, por los absolutistas de Dios, versiones modernas de Guillermo de Ockham, pero sin haberlo leído.
Europa, Europa a medio hundir, no hay que tener miedo a las estructuras derribadas, a lo nuevo, Europa, en fin, Europa reconstruida, amasada, repensada, Europa será solidaria o no será, Europa is different, o sea, o lo debe ser, diferente a todo, a los estados, a las empresas, a la política, Europa de los trabajadores, Europa, si es que esa palabra tiene algún sentido, lo será por sus gentes, porque son los pueblos los que protagonizan las revoluciones y los cambios, y no por sus países, porque los países hace tiempo ya que han perdido su razón de ser, y los estados se encuentran en estado de coma.
Europa, ahora, hoy, cuando en todo el mundo aún mueren de hambre tantos niños, cuando las guerras siguen arrojando beneficios, cuando las multinacionales del medicamento dejan que la viruela se extienda por la selva, cuando los negros, los moros, los miserables, piensan en levantarse de una vez, y romper todo, ahora, hoy, puede ser el momento de la Europa invertida, el momento de la luna, el momento de la deconstrucción y el despiece integral, el momento de ese mundo nuevo en el que harán falta las corrientes de pensamiento recién nacido. Europa, Europa, dale una vuelta, colega, quizá sea el momento de que dejes de existir.

Antonio López del Moral


01:00 | antonioldm | 3 Comentarios | #

Y quién no

Vila Selma dice en París No se Acaba Nunca que quería parecerse a Hemingway. ¿Y quién no? Bukowski quería parecerse a Hemingway, Pérez Reverte, que le criticó duramente en su centenario y le llamó Gran Cazador Blanco, quería en el fondo asemejarse a él, y a cualquier aspirante a escritor amante del viaje y la aventura le hubiera gustado llevar una vida como la del americano. A mí, que de lo americano me quedo con lo que está al sur del río grande, me gusta más Pablo Neruda, que llevó una vida igual de intensa pero más comprometida, más poética, porque la literatura del siglo XXI, como diría Ionesco, será comprometida o no será. Y de momento lleva camino de no ser.
Sin embargo, H, tenía algo de lo que carecen la mayoría de los intelectuales hoy, y es la calidad de hombre de acción. Atravesamos momentos de confusión, las ideologías se disuelven en sus propios jugos, y los escritores parece que tienen a gala la ausencia de compromiso y casi de principios, nadar y guardar la ropa, mantener frente a la realidad un elegante distanciamiento muy savoir faire, o muy Javier Marías, que viene a ser lo mismo. Se echa en falta la pasión, el grito, el orgasmo y el dolor, quizá porque la época que atravesamos adolece de todo eso. Nos han enseñado a anestesiar lo desagradable, nos han dicho que no es de buena educación exteriorizar las emociones, que eso es como de clase baja y popular, y en esta España post aznariana llena de nuevos ricos buscando su pigmalión, resulta que nos lo hemos creído. Europa se hunde, decía de Rus, España se anega, y en el hundimiento del Titanic, todo el mundo intenta agarrarse a la balsa salvavidas de la aristocracia de nuevo cuño, la reciente pequeñoburguesía, la flamante clase social de los propietarios de metros cuadrados de ladrillos en el aire e hipotecas en el horizonte cercano.
Falta el hombre, el hombre, el hombre salvaje, el Emilio rousseauniano, busco al hombre, o busco a Jacqs, que es una forma más publicitaria, más gilipollas, o sea, de decirlo. Nos falta el ser humano, y lo hemos reemplazado por esta cosa que se conoce a sí misma a través del extracto mensual de la visa. Las criadas nos cuidan a los hijos, los chóferes conducen nuestros coches, muchachitas sudamericanas de acentos dulces y miradas ardientes atienden a nuestros ancianos, que sueñan con los paraísos tropicales de sol y frutas, los árabes se ocupan de construir nuestras casas y, mientras tanto, vivimos el sueño de la disneylandia europea de nuevo cuño, que no está en París, está en todas partes. Vivimos la Europa del capital, la Europa que no debía ser, coño, la Europa equivocada.
En esta Europa del sur en la que vivo, llegamos a los ridículos extremos de lo que me contó el otro día una amiga que acaba de regresar de sus vacaciones en Cádiz. Había estado en uno de esos complejos residenciales de comodidad trasplantada, piscina, pádel, aparthoteles con criadas que los limpian y buffet en la planta baja, usted no haga nada que ya nos ocupamos nosotros. Mi amiga me lo contaba dejando ver que en el fondo todo aquello le gustaba, y yo mientras tanto pensaba en el enorme preservativo que se nos vende con cada producto que compramos. No compramos desodorantes, coches o paquetes vacacionales; compramos preservativos. Nos preservan de los pueblos y las playas populares, de los olores, de los transportes colectivos, de la realidad, del mundo de fuera, nos preservan y nos venden un producto acabado, pulido, deshuesado y limpio. La vida como producto, ya ves tú, nos venden lo que ya teníamos y todos tan contentos, porque nos entregan un vale de descuento para la próxima compra. La realidad de la Europa del capital se basa en eso: en apropiarse de algo que está al alcance de todos y vendértelo, después de pulirlo y despertar en ti ese oscuro objeto del deseo.

Mi amiga me contó que en aquel complejo sin complejos, como el capitalismo de nuevo cuño, los matrimonios bajaban a pasear su romance tardío por el jardín y la playa privada, mientras la peruana de turno lidiaba unos metros por detrás con los (mal) educadísimos niñatos. Me quedé bastante alucinado. Para eso hemos librado la batalla del progreso, para que las criadas del Tercer Mundo nos limpien la caca de los niños y los dejen presentables para las visitas. La Europa del capital, Europa absurda, economía de fin de milenio y preservativo ante la vida, el preservativo como impermeable de cuerpo entero, qué pena, Dios, las criadas como medida profiláctica para no rozarse con la realidad. ¿Dónde quedaron las criadas de las que hablaban Galdós y luego Cela, criaditas sicalípticas y voluptuosas, criadas que amamantaban mamotretos que, con el paso del tiempo se abrieron al sexo y a la vida de nuevo entre sus pechos? La criada era otra cosa, una figura literaria, un trágico ser de lejanías provincianas que llegaba a la ciudad con su maleta y su olor a pan de pueblo, una muchachita de Valladolid, una niña confundida que se dejaba deslumbrar por las luces de la ciudad. La criada, ese personaje de la literatura de posguerra, ya se había superado, ahora quien se lo podía permitir recurría a las empleadas de hogar, que vienen, hacen su labor y se marchan a sus casas, a vivir una vida propia al margen del trabajo. Pero joder, eso de llevarte a la criada de vacaciones para que te cuide el niño, te sirva la mesa, haga la colada y se vaya a comer a la cocina, me parece ya muy fuerte.

Seres humanos de segunda B, siempre ha habido clases, como decía mi madre, que contaba (contábamos) con criada interna, pero que comía con nosotros, pasaba las tardes jugando a las cartas con mi abuela y era, en el fondo, uno más de la familia, porque Genoveva no tenía familia. Compañías de alquiler, empleadas de hogar que prestan calor y conversación , voces sin voz que estallan en el silencio de los pisos interiores del centro de la ciudad, hija, por Dios, hoy, sin ayuda en casa, es que una familia no puede organizarse. Nos hemos convertido en una sociedad de inútiles con criada, familias con BMW y uniforme para la chacha (ahora las llaman la fili, dijo José Ángel Mañas) , que se queda con los críos y les da de comer. Somos humanidad vicaria, corazones que se alquilan por cuartitos, o ventrículos, o aurículas invadidas por los gusanos parásitos de la soledad y el egotismo, miradas de cariño con cronómetro, como en las consultas de los psicólogos, sólo que los psicólogos a veces se acuestan con el paciente y te dicen lo que tienes que hacer.
Cuando mi familia se arruinó, mi madre envió a Genoveva, la criada, a trabajar con una señora de Calatayud. Pese a la distancia, ella seguía yendo a visitarnos todos los jueves, venía por las tardes a las cuatro, arreglaba un poco la casa y se sentaba a jugar a las cartas con mi abuela, en la mesa camilla del cuarto de estar, y la seguía llamando “señora María”, aunque eso sólo era un formalismo, porque mi abuela no fue en el fondo, nunca, su señora, ni Genoveva nuestra criada, fue otra cosa. Luego se jubiló, se compró una casa en su pueblo y se fue allí a vivir, y yo, siempre que pasaba por delante (me cogía de paso hacia Santander, donde veraneo), me decía que tenía que parar para visitarla, que quería abrazarla, darle un beso. Hace cosa de un mes, propuse a mi madre una visita de fin de semana a ese pueblo. Mi madre se sorprendió.
- ¿Genoveva? Murió hace un año y medio. Creí que lo sabías.
Un año y medio de ausencia y muerte, dieciocho meses y me entero ahora, Genoveva, nunca fui a verte, porque, en el fondo, eras esa compañía vicaria que yo ahora critico tanto, Genoveva, gente que ocupa un lugar en el mundo y una aurícula en el corazón, gusano que nos invade y amamanta, Genoveva, jugabas a las cartas en el cuarto de estar con mi abuela, nunca vestiste el uniforme. Qué pena de vida y sociedad, pensé entonces, pienso ahora al ver a las familias con fili que las sigue a unos metros por detrás, con los críos. Algún día esas criadas morirán solas en los asilos, y unos niñatos maleducados ni siquiera recordarán sus nombres. Qué pena de sociedad, que viaja con la criada a cuestas, como una maleta grande que no cabe en el maletero, criaditas que algún día, como en las novelas de Cela, enséñame los pechitos, Aurorita, se dejarán tocar las tetas por los amos. Criadas y militares, y curas desde púlpitos ardientes oyendo, patria, tu aflicción, escuchando canciones tristes en las bahías del alba.
No han cambiado las cosas en absoluto, sólo que ahora, las criadas tienen acento sudamericano y los militares son morenos, pero los curas siguen dando hostias y engordando a base del vino de las misas negras, y los que pagan a los criados caminan aún con la cabeza bien alta, paseando amores crepusculares a la sombra de un BMW, mientras la criada, ah, la criada, se pelea con los niños para que se tomen el actimel. Genoveva, temprano madrugó la madrugada, no fui a verte y estás muerta, Genoveva, te tocaron vivir tiempos distintos, hoy no habría señoras de Calatayud ni mi abuela barajando una baraja, hoy seguirías a distancia al matrimonio, y pedirías permiso para hablar. Genoveva, acordándome de ti lloré, acordándome de ti pienso ahora que no quiero parecerme a Hemingway, que la literatura del siglo XXI tiene que ser comprometida, o no ser, y que en la Europa del Capital volverías a morir, abandonada como los muelles en el alba, o como las ideas de Neruda, que, sin embargo, pienso que están hoy más vigentes que nunca.
(¿Y dices Irene, amor, que ya no tienen sentido las revoluciones?

Antonio López del Moral Domínguez

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Astilleros en huelga

Astilleros en huelga, la pedrada, la astilla, el descontrol, el salto, el talante doblado, la mentira, la palmadita en la espalda, la traición. El trabajador siempre pierde aunque negocie, el trabajador, el obrero en pie de guerra, el obrero, ay, qué palabrita tan demodé. Como siempre el obrero es el culpable, como siempre, el obrero, nos perturba, como siempre nos mancha las paredes con la grasa de sus manos, tan distintas. Sólo me faltaba escuchar, la otra mañana, a Luis del Val en la SER diciendo que no son maneras de protestar las de estos compañeros del metal, o de la astilla, o del barco. Sólo me faltaba comprobar en Luis del Val el aburguesamiento imparable de esta sociedad que, en la plataforma conformista de su comodidad comprada, empieza a mirar con ojos de perro azul a los que tienen las manos sucias de carbonilla y opresión.
El astillero onettiano, el astillero, la destrucción de otra empresa, el triste paro, los lunes al sol, veinticinco años de esfuerzo para esto, para engrosar las listas, para languidecer en las colas del INEM, que es el único destino que en este necapitalismo de tercer milenio se le permite al obrero defenestrado. Eso, o el cupón de la ONCE, elija usted, y no pierda la esperanza, o no me llames iluso porque tenga una ilusión, no. Llámame mejor gilipollas.
Hemos perdido el sentido de solidaridad, no entendemos ya las huelgas, sólo queremos que esas piedras arrojadas por los proletarios en sus jueguecitos de la edad tardía no nos caigan cerca. Aspiramos a tomar la cerveza en las terrazas mientras al otro lado, en la calle, desfilan esas manifestaciones tan exóticas de gente que grita. Astilleros en huelga, qué vergüenza, y nos creemos la mentira del gobierno, nos tragamos la necesidad de despedir, las reconversiones de plantilla, los reajustes, y depositamos en la SEPI esa esperanza que en el fondo nunca tuvimos en los sindicatos. Hay que optimizar la empresa pública, hay que obtener beneficios y cash flows, hay que dejar en la calle, sin trabajo, sin esperanza, sin brillo en los ojos, sin dinero, a los que ya no sean útiles, los viejos, los débiles y enfermos, los de siempre.
Y nos tragamos esa píldora, ya ves, nos creemos que para que la sociedad funcione se tienen que seguir forrando los banqueros, que si los empresarios tienen yates, y palacios de invierno, y vidas de oro, nuestras existencias de estaño y tierra seca deben seguir igual, que guay. Resígnate hermano, resígnate cristianamente, que si nos portamos bien, y no damos la nota, quizá nos lleguen los huesos de sus banquetes, y en esas casitas que nos hemos comprado hipotecándonos para los restos, podremos algún día hacer una pequeña reforma, y colgaremos de la pared un televisor de plasma para ver Gran Hermano, que con tanta definición, es que son una gozada.

El astillero en huelga, grita, y llora, y la sociedad mira hacia otro lado, el astillero sangra por los golpes, los disparos de goma, los mordiscos, y los perros gruñen al unísono, y corean consignas que no entienden, y los esbirros ladran en los medios, en las televisiones, en las calles, en los foros, y nadie entiende muy bien qué está pasando, nadie comprende este follón, nadie lo acepta. Es que esto es anacrónico, ¿verdad?, estas cosas ya no pasan en España, esto pertenece a otras épocas, otros países menos desarrollados, otros ámbitos. Y en sus casas, tristes, serios, aceptando sin aceptar la bofetada, los hijos de los parados les preguntan, los hijos ven llorar a sus padres y no quieren, los hijos no encuentran ya el actimel en la nevera, los hijos escriben las cartas a los reyes, y junto a las barbies que nunca llegarán, les piden que papá no beba tanto.
El astillero, el astillero, qué vergüenza, el capital debe ser privado, se sostiene, privado de razón, de sentimientos, privado de luces y de ideas, privado de privaciones, qué total. No entiendo esa filosofía de la empresa, no compartiré jamás sus postulados, no apoyaré nunca el beneficio si para conseguirlo hay que exprimir, robar, pisar el cuello. No me trago las mentiras de las SEPIS, no quiero un gobierno que me insulte, no deseo votar a los banqueros, no creo, como dicen, que en Moncloa no puedan hacer nada en este asunto. He votado hasta ahora, y pago impuestos, y aunque no confío en esta sociedad, la apoyo, pero considero que ya es hora de que nos dejen de engañar, ya es tiempo de romper esta mentira, y si en el gobierno no pueden hacer nada, habrá que quitarlo y poner otro. Y no me refiero a los del PP, por supuesto, pero tampoco a Izquierda Unida, con sus postulados verdes y moderadamente carmesíes. Quiero decir un cambio de verdad. Mientras eso llega, vayamos a esas barricadas de Sestao y Sevilla, o a la manifestación convocada en San Fernando, y, por favor, no critiquemos, desde nuestra comodidad de plasma de 52 pulgadas las acciones de quienes sólo defienden lo que es legítimamente suyo.



Antonio López del Moral Domínguez

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